NAVARREDONDILLA
EN CUARESMA, SEMANA SANTA Y PASCUA

 

 

 

La Cuaresma ha sido un tiempo de mayor recogimiento, penitencia y con más actos religiosos que en otras épocas del año. y este ambiente se ha ido transmitiendo de generación en generación hasta nuestros días. En primer lugar, se suspendían las pocas diversiones que durante los siglos XVI-XIX pudieran existir en el pueblo.

La diversión dominical durante el resto del año consistía en el baile en la plaza al son de la dulzaina y del tamboril; y un poco más tarde, en algún salón que tenía un "manubrio" que había que tocar manualmente (de ahí su nombre).

En la Cuaresma no había diversión alguna. Por la tarde los jóvenes y niños paseaban por la carretera desde el "San Antón" (lugar en el que había una ermita dedicada a este santo, hasta principios del siglo XX) hasta la ermita del Angel, también ya desaparecida. Se pasaba junto al "charcón". En él abundaban las ranas que cantaban animadamente. Era un ir y volver en un tramo de poco más de medio kilómetro. Huelga decir que el paseo terminaba una vez entrada la noche.

Los hombres tenían otra diversión, especialmente los domingos: el juego de la "calva". Era clásico que los domingos por la tarde se dieran cita bastantes hombres, en lo que fue el cementerio, que está junto a la iglesia parroquial, para jugar sus partidas de "calva". Como dato curioso anotamos que dos hombres eran los encargados de dirigir el juego. Uno el "calvero" que colocaba la "calva" cuando esta era tirada; y otro el "apuntador", quien con una libreta o papel iba anotando los tantos válidos. El "calvero" era el encargado de cantar en voz alta "buena", si era valida o, "no", si no se daba a la "calva". La partida se concertaba a un cierto número de tiradas y el que antes llegaba al número convenido, ganaba la partida. Este juego se jugaba por parejas.

Un dato muy curioso consistía en que cuando faltaban tres tantos para acabar la partida, se anunciaba por el "apuntador": pamplina, vinagre y aceite, respectivamente. Así concluía el juego. Después seguían jugando otras dos parejas y así sucesivamente hasta que la noche ya no lo permitía.

El acto religioso por excelencia de este tiempo era el "via crucis" de los viernes. Hemos de suponer que asistirían muchos fieles. En el "via crucis" y en toda la semana santa la asistencia era masiva, especialmente desde que se estableció en la parroquia la cofradía de la Vera Cruz, en el s. XVII. Nada tiene de extraño que de este tiempo procedan canciones muy propias de este pueblo que se cantan también en Viernes Santo: el "via crucis" (dos modelos), los mandamientos, el arado, la baraja de los naipes, la Virgen busca a Jesús y la Virgen iba al calvario.

Las seis canciones hacen alusión a la pasión de Jesús, con música muy apropiada a la circunstancia. Las personas mayores recuerdan con nostalgia el solemne "via crucis" del viernes Santo. Se iniciaba en la iglesia antes del amanecer y se continuaba por las calles del pueblo. Se rezaba en cada estación, y entre cada una de ellas se cantaba el "via crucis", ya aludido. Previamente se habían marcado con cruces los lugares donde había de pararse a lo largo de las calles del pueblo.

No podemos omitir otro acto que también se recuerda con verdadero cariño: "las tinieblas". Su nombre proviene del tenebrario. En éste se colocaban 15 velas, que se iban apagando conforme se terminaba de recitar cada uno de los salmos. Al quedar apagadas las 15 velas, los presentes daban golpes, que en más de una ocasión fueron demasiado ruidosos.

¿Que significado tenía este acto religioso? Parece ser que se quería recordar el prendimiento de Jesús en el huerto, en medio del tumulto y la algarabía. ¿acaso no dijo Jesús: "esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas"? Luego no está desencaminado el que se haya querido dar esta significación.

De los días de semana Santa, el Viernes Santo ha sido a lo largo de la historia el que más impacto ha dejado en los fieles. Ha sido y sigue siendo el día de más actos religiosos, de más procesiones y sermones.

La procesión llamada del "silencio" es, sin lugar a dudas, la que más público congrega. Una procesión larga en la que, como hemos dicho, se cantaban y aún se siguen cantando El arado, Los mandamientos y La baraja de los naipes.

La jornada concluía con el sermón de las siete palabras. El orador intentaba subrayar los atroces sufrimientos de Jesús a lo largo de toda su pasión, para conmover los más profundos sentimientos de sus oyentes. Cuando más realista fuera la descripción de esos sufrimientos y más se elevara la voz, tanto más se suscitaba en los oyentes sentimientos de pena, compasión y hasta lágrimas.

No hay duda alguna que el Viernes Santo es el que más reminiscencias ha conservado de la forma de celebrarse en la edad media. Mucho ha cambiado después del concilio vaticano II, pero aún no se ha borrado del todo lo que se ha heredado de tiempos pasados.

Del Sábado Santo podemos subrayar la costumbre que desde tiempo inmemorial había de recoger piedrecitas y después meterlas o rociarlas con agua bendita.

En la pascua de resurrección, se comenzaba con la procesión del encuentro. Los niños salían de la iglesia, y siguen saliendo, con la imagen del resucitado (hasta hace 8 años, con la imagen del Niño Jesús de Praga), algunos minutos antes que la Virgen, porque tienen un recorrido algo más largo.

El encuentro tiene lugar en la plaza. Es un momento muy emotivo y gozoso. La Virgen es despojada del manto negro (señal de luto, de duelo) y se le pone el blanco (señal de alegría, de triunfo). El sacerdote inciensa previamente las imágenes del resucitado y de la Virgen respectivamente. A continuación una señora, u otro fiel, recita esta bella y significativa poesía:

Buenos días tengas, Madre,
Señora, la de este pueblo
parece que estas llorosa
No sé decir cómo es eso,
tres días hace con hoy
que me han robado un cordero.
Muerto está. Que no lo está,
que viene con alma y cuerpo
a deciros: ¡No lloréis...!
¡Quitaos el manto negro!

Terminada la procesión, que ha recorrido las calles del pueblo, se celebra la santa misa.

Con un buen sentido cristiano, durante la Cuaresma no había diversiones. Se respiraba un clima más religioso. Se participaba más en los actos devocionales. Terminada la Semana Santa, se celebraba algo de una antigua tradición: los bollos.

El lunes de Pascua, a tono con la alegría pascual, los vecinos del pueblo salían a compartir una abundante vianda a base de chorizo, tortilla, jamón, etc.. Todo ello regado con el rico y sabroso caldo de la tierra. Era un día de campo y diversión. Podemos decir que tenía un claro matiz festivo, para significar que la resurrección del señor había que celebrarla por todo lo alto.

Un auténtico sentido de celebrar la Pascua, pasados los 40 días de la Cuaresma y Semana Santa, tiempo de más austeridad y penitencia.

Lamentablemente, este día ha perdido el auténtico sentido quasi-litúrgico de otros tiempos, pues ahora la gente joven, con el pretexto de que se tiene que ir el domingo, celebra los bollos el Sábado Santo. Pero ¿que sentido religioso tiene celebrar una fiesta sin haber celebrado la alegría de la resurrección, sin haber cantado el aleluya?

Paradojas de los tiempos secularistas en que vive mucha gente que, aprovechando un motivo religioso, celebra esta jornada de los bollos sin el sentido gozoso pascual que tuvo durante varias centurias. Desde hace algunos años se intenta recuperar este día del lunes de bollos, pero ya, prácticamente se reduce a grupos de matrimonios que se reúnen para comer juntos en las eras del pueblo. ¡Algo es algo!


Enviado al "Foro de Sugerencias" por Juan Encabo
Extracto del libro "Alberche mágico"